2046 - tren 1

2046 – tren 1

“Al escribir así, persiguiendo mis recuerdos, a menudo

 me asalta una inseguridad terrible.

¿No estaré olvidando la parte más importante?

¿Acaso no existe en  mi cuerpo una especie

de limbo de la memoria donde todos

los  recuerdos cruciales van acumulándose

 y convirtiéndose en lodo?

Tokio Blues. Haruki Murakami  

“Todos los recuerdos son ríos de lágrimas”

2046. Wong Kar Wai

No he vuelto a limpiar ningún libro desde  que ella se fue. El polvo que ahora cubre las páginas de la mayoría de libros que leíamos juntos y de los cuales nos basábamos para escribir mil historias, delata mi cansancio, mi aburrimiento.  Y mientras escribo esto, no puedo evitar una sonrisa y hasta una carcajada al acordarme de sus pies desnudos moviéndose rápidamente por todo el cuarto. No guardo ninguna imagen suya,  tener fotos me parece cursi y prefiero  cantar su nombre, porque así, de tanto repetirlo, puedo reconstruirla en el espacio, cada vez de una manera diferente. Pero me preocupa, he empezado a olvidarla. Siempre me hablaba de su novio extranjero y de lo mucho que lo extrañaba. Tenía la esperanza de que algún día vendría a recogerla y llevarla por fin a su país. Nunca se debe dejar lejos a una chica. La encontré llorando, un viernes, en una cabina telefónica, dando golpes al auricular. Luego de caminar dos manzanas, se desató la lluvia. Ya no podía distinguir sus lágrimas, pero pude sentir sus manos empujándome con furia. Casi reventándole el tímpano,  le dije que parecía  un ángel, lucifer bajo la lluvia. Volvió a golpearme.  Dos días después, yo estaba en mi cuarto recargado de trabajo. Me pedían que escribiese más historias criminales, con navajas, engaños y mujeres fatales. Que guardara mi romanticismo, ahí, debajo de la almohada. En la revista me pagaban poco por cada hoja escrita, así que debía de apresurarme. Ella husmeaba entre mis libros preferidos, hablándome de los autores que más le gustaban.

Descubrí que su voz era preciosa y que se expandía lentamente, hasta hacer vibrar las hojas sobre las que escribía mis cuentos.

Esa madrugada, mientras yo dormía soñando con aviones de chocolate y niñas de pies pequeñitos, ella completó mis dos cuentos inconclusos.  Aquella mañana el olor a nicotina y café embriagaban las cortinas de la ciudad. En la revista dijeron que estaba mejorando, que le había dado un giro a mi estilo.

Desde ese día, le pedí que me ayudara a escribir más cuentos. Llegaba a la hora de la cena, justo a tiempo para preparar el café y yo untaba tomate en el pan con unas gotas de aceite de oliva que tanto le gustaban. A veces, sólo tomaba una ducha y salía fresca con la toalla de turbante. Otras, simplemente se sentaba a fumar. Siempre intentó evitar la rutina. Cuando yo me dormía, ella se esmeraba aun más en escribir y completar los cuentos. También conversábamos sobre el futuro: Ella estaría en París, muriéndose de frío, pero feliz, escribiendo “Les Oranges d’ Automne”  su primera y última novela. Yo estaría en una calle de Hong Kong filmando mi primera película. Mientras fumaba mi tercer cigarrillo, después de un año de abstinencia, supe que aquel invierno sería el mejor en  muchos años.

Un día,  encontré una pequeña hoja escrita y dibujada, al pie de mi cama. Me sorprendió ver a dos personajes con gorrita y bufanda tomados de la mano. Debajo de los dos dibujos, podía distinguirse su nombre y el mío.  Muchas flores dibujadas alrededor enmarcaban la siguiente nota : 

“José es lindo,  a él le gusta decir mi nombre mientras duerme, le he pillado varias veces. No se lo dirás a nadie verdad?  

Guardé la hoja en un cajón donde escondía mis secretos. El corazón lo sentía más que nunca, y al mirarme en el espejo no pude evitar una sonrisita bastante cómplice. Abrí las ventanas. Dejé que el ruido de la mañana y el frío entrasen porque quería compartir mi alegría con el mundo. Comencé a pensar con mucha ilusión en el futuro. Por esos días, compré un video de un cantante desconocido. La canción se llamaba ELEPHANT y era bastante temperamental. Aquella canción me hacía pensar mucho en ella. Así que le regalé el video y ella lo ponía una y otra vez en el sufrido DVD. Me di cuenta de que ya no iba más a esa esquina a intentar llamar por teléfono a su novio, ni que se encerraba más de una hora a llorar en el baño. Empezamos a salir. Íbamos juntos al teatro, a la inauguración de alguna muestra, y por supuesto al cine. Afortunadamente a ella también le comenzaron a gustar  las películas de terror japonesas. A mí me encantaba cuando en la pantalla aparecía aquella mujer saliendo de un pozo y ella cogía con fuerza mi mano. Había empezado la primavera.

Pero una noche llegó feliz. Su novio había llegado por sorpresa después de siete horas de vuelo. Había venido a despedirse porque tenía que llevarlo a conocer la ciudad y el taxi esperaba  abajo.   Acercándome lentamente hacia ella, mirando fijamente sus ojos de café, y aún descalzo, le extendí aquella nota en la que estaban dibujados nuestros nombres.

- Ja! , lo había olvidado , quería escribir un cuento sobre ti y sobre mí ... es sobre el futuro, en un lugar dónde nada cambia... lo terminas?

Nunca le dije que en algún momento   el corazón se tuerce y empieza a bombear en un orden distinto y a colores. Ni que  el sonido que producían sus uñas sin cortar en la fría losa del baño  era lo que más amaba en las mañanas.

Nunca le agarré sus hombros de nieve. Ni respiré sobre su cuello. Nunca le dije algo tierno. O quizá sí, ya no lo recuerdo. Estoy empezando a olvidarla y eso me preocupa.

Ahora miro por la ventana y la veo partir en medio de una lluvia que moja también mis mejillas. Cierro los ojos. No. Eso no basta. Tengo que recoger toda esta lluvia.

 

20/05/2007 18:56 Autor: josefranciscoramos. Enlace permanente.

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