2046 - tren 2
2046 -Tren 2
“¿A dónde iré? ¿ A quién llamaré?
Si bien esas ideas le venían a la mente, no eran suyas.
Era la voz de la nieve.”
Nieve . Yasunari Kawabata
Luego de mirarte a los ojos me devolviste una sonrisa bastante triste para tu preciosa cara. Ésta vez, tu piel era más amarilla y tus labios más carnosos que nunca. Supe que todo aquello era un sueño, porque las cortinas del cuarto en el que estábamos comenzaron a disgregarse en arena blanca que fue cubriendo el frío piso. La cama en la que reposaba mi delgado cuerpo era completamente blanca, al igual que las paredes, la puerta y una pequeña silla vacía pegada a la ventana. Tú estabas a mi lado. Pero no me tocabas . Ni yo tampoco. No sé por qué te cuento estas cosas. Hace tres años que te fuiste. Y sin embargo, sigo sintiéndome el mismo perro husmeando en los recuerdos. Te digo la verdad : alquilé esta habitación para vernos por última vez. Sí, lo confieso. Todavía te amo. Sé que no me harás caso. Pero no importa, es año nuevo y ahora estamos en la habitación 2047 de esta ciudad repleta de hoteles.
Pero en aquel sueño, tú me hablabas cerrando los ojos y yo no podía oír tus palabras. Sólo ver cómo tu pelo se abalanzaba sobre mi nariz. De pronto te levantaste, estiraste tus brazos hasta tocar la puerta. Algo jaló con fuerza tus piernas. Me miraste con dulzura y te fuiste dejando un olor a hierba sobre mi nariz. Me dejaste solo. La puerta se cerró. Sentí un frío muy intenso en la espalda. De repente, las paredes se cubrieron de nieve. Todo alrededor adquirió un color gélido. Grandes copos de nieve caían sobre las sábanas, la almohada y mi cuerpo. Mis ojos no podían cerrarse. La puerta volvió a abrirse, pero esta vez una mujer alta y desnuda cruzaba el umbral. La mujer que entraba en mi reino era completamente bella. Un cabello muy largo cubría su rostro y parte de sus senos. Su desnudez era embriagadora. Se sentó en aquella silla de espaldas a mí y comenzó a mirar por la ventana. Estaba mirando un cielo completamente blanco y un mar completamente blanco también. Su hombros parecían de yeso y sus nalgas se dejaban caer apretadas al blanco metal de la silla. El pelo ensortijado, húmedo , negro. ¿Sería por fin tu regalo? ¿Sabías que todas las noches que dormimos juntos en tu pequeño taller, yo pensaba en ella?. La había imaginado una y otra vez, y al fin, tú me la habías traído. Sí, era tu regalo. Siempre lo supe. Y ella estaba ahí, delante de mí, sentada mirando hacia la nada.
Dejé de observarla por unos segundos, pensado en ti, en nuestra primera noche, agotados de placer en el frío piso, pero calientes al fin. Era pleno Mayo y la neblina se colaba entre nuestras piernas. Nada hubiese podido detener nuestros movimientos, porque toda la naturaleza estaba conectada a nosotros. Eras como una luciérnaga iluminando profundidades marinas. En cambio, ella estaba tan lejana y a la vez tan dispuesta. Se levantó lentamente. Su cabello era una maraña de destellos. La veía venir. Sus pasos apenas opacaban el aliento del hielo en el piso. Avanzaba hacia mí de una manera extraña. Algo la detenía , algo la frenaba, pero ella luchaba por llegar a mi lado. Estiraba sus brazos como llamándome. Logré ver bien su mano derecha. Era una mano hermosa con dedos muy delgados. Se sentó en la cama, muy cerca de mí. No lograba ver su rostro. Su exuberante cabello caía en grandes ondas, cubriendo inclusive sus firmes pechos. Me concentré en sus caderas, parecían hechas de mármol, tenían un brillo especial. Para mí era como si todo el mundo proviniese de ellas. Empecé a sentir mucho vértigo. Entonces, acercó su cabeza. Ella olía a rosas. A rosas frescas cortadas por el tallo, acuosas, pasionales. Pero muertas. Muertas. Me di cuenta cuándo al hablarme en un idioma para mí desconocido, su gélido aliento congeló mi oreja rompiéndola al instante. ¿Podría esta vez amar a una muerta? ¿Se rompería todo mi cuerpo después de haberla poseído? Si la amaba, mi cuerpo terminaría en pedazos que ya nadie podría unir. Y a pesar de que todo era un sueño, la imagen de verme muerto en miles de pedazos no la habría soportado mi frágil mente. Tú tampoco habrías unido mis partes, de eso estaba seguro. Me habías regalado una muerta. Opté por mirarla. Una y otra vez. La miraba. Sólo la miraba. Como se mira agua fría en medio del desierto. La miraba, la miraba. Pero no podía ver su cara. En un momento pensé en agarrar uno de sus senos, sin importarme perder una de mis manos. Pero al observar mi oreja congelada y partida, me puse a pensar en que ya no podría coger más tu cuerpo. Y eso me paralizó. Aun en mis, sueños te seguía amando más que a nadie. Te preguntarás entonces por qué no te llamé antes. Por qué aún sabiendo de que no te encontrabas bien, no fui en tu ayuda. No te imaginas todo el dolor que provocaba tu ausencia y, al mismo tiempo, todo el dolor que provocabas en mi mente. Por eso elegí esta habitación de grandes ventanas. Para contarte mi sueño y decirte adiós al fin. Sería perfecto, que alguna máquina o fármaco pudiese borrar nuestros recuerdos más dolorosos. Como en esa película, en donde te sometían a una máquina capaz de borrar de tu memoria a las personas que alguna vez amaste, para así, poder estar libre y amar, amar lo que venga. No lo niego, alguna vez fuimos felices, pero sólo eran pequeños resplandores dentro de una pequeña caja negra. Ahora me es imposible encontrar las ventanas, encontrar una salida donde lanzar todos nuestros recuerdos. Me doy cuenta de que en esta habitación no hay fuentes de aire. Es extraño. He terminado de contarte mi sueño, pero aún siento mucho frío en el cuerpo. Y ese viento gélido soplándome en la oreja ....

